
Roberto Martínez
Director de Iniciativa efr de Fundación Másfamilia y Coordinador del área de Diversidad y Conciliación en Capital Humano

Llenamos páginas hablando de todo aquello que hace a la Generación Z, distinta a las que le precedieron. Nos esforzamos en conocer qué les atrae, qué les fideliza, incluso qué les seduce cuando quizás, sólo quizás, la respuesta sea más sencilla.
Si entendemos por GenZ a los nacidos en este siglo XXI, y por tanto los que se están incorporando ahora al mundo laboral, yo tengo un máster. Estoy rodeado de aprendizajes domésticos y no sólo por las herederas con las que comparto mi vida y mi visa, sino también por esa amplia red de amigos, conocidos, redes sociales, etc. que tienen.
¿Y qué observo?
Pues que el primer (quizás también el segundo y tercero…) salario es bajo, muy bajo. Si lo comparo con mi primer salario, lógicamente deflactado, el de ahora es un 50/70% inferior, y eso es mucha tela. Si, además, le añadimos el problema de la vivienda, el incremento del coste de la vida, la gasolina (que está a 1.6€/l cuando en mi primer empleo la pagábamos a 80 pesetas =0.48€), tenemos un escenario ciertamente complejo.
Es verdad que ahora una carrera universitaria, incluso un máster, discrimina mucho menos que en mi generación. Pero no tiene sentido que estemos «todos» retribuyendo a una brillante carrera universitaria con máster e idiomas, competencias digitales, buenos soft-skills por 25.000 euros o incluso 20.000 euros al año. Así no se puede vivir.
¿Qué sucede cuando retribuimos tan mal? Pues que la GenZ busca el sentido, la felicidad, la realización, etc. por otros lares como el ocio, verdadero factor de diferenciación con mi generación, ya no digo con la de mis padres, en la que era inexistente. Y dentro del ocio destacaría el placer de viajar por viajar.
Normal. Como diría un GenZ, «ya que en el salario me engañas, no te vas a quedar con mi vida. Mi vida es mía y es mucho más que el trabajo».
Quizás alguno penséis, «bueno, es una opción. Ni tan mal…». Otros quizás piensen que esto hay que arreglarlo, que no es aceptable el crecimiento exponencial de los trastornos de la salud mental entre los jóvenes, que nunca como colectivo se habían mostrado tan descreídos e infelices con su edad temprana.
Hay que retribuir mejor a nuestros jóvenes, aunque sea a costa de recortar algo la calidad de vida de sus abuelos. No puede ser que su abuelo de 85 años tenga más ingresos y que ande subvencionado la vida a sus nietos. El capital debe estar en manos de quien tiene el futuro en sus mismas manos, la capacidad de emprender, de cambiar cosas...
No podemos seguir asumiendo una presión fiscal tan fuerte sobre el trabajo de nuestros jóvenes. Hace que considerados buenos salarios de 30.000 euros queden por debajo de los 1.500 euros mensuales cuando lo «neteamos». No puede ser
Hay que pagarles mejor. ¿Quién empieza?