
Estimados lectores, y sin embargo amigos, tengo una noticia que comunicaros: esto se acaba. ¿A qué me refiero? Al cuidado de nuestros mayores en el ámbito familiar. Algo que parecía tan normal, tan evidente y tan poco visible, precisamente por asumido, está mostrando ahora su fragilidad.
¿Y por qué digo que se acaba? Porque el modelo tradicional de familia se está agotando. Ese esquema en el que una pareja formaba un hogar y tenía hijos pertenece, cada vez más, al pasado. Entre los mayores de 65 años, hasta un 90% tiene descendencia. Sin embargo, ese porcentaje desciende al 62% entre quienes hoy tienen entre 35 y 44 años. Todo indica, además, que muchos de ellos ya no serán padres. En generaciones más jóvenes, la tendencia es aún más acusada: la parentalidad es hoy una opción minoritaria.
Otra forma de entender esta transformación es observar el tamaño de los hogares. Los hogares unipersonales crecen con rapidez. Actualmente, superan los cinco millones y representan el 28% del total. Las previsiones apuntan a que en 2040 alcanzarán los ocho millones, más del 35% del total.
Este contexto plantea una pregunta inevitable: si las familias no podrán asumir el cuidado de sus mayores, ¿quién lo hará? Cada vez será más habitual encontrar personas mayores, octogenarias, nonagenarias o incluso centenarias, viviendo solas, con un único hijo que puede residir en otra ciudad o, directamente, sin descendencia.
Durante décadas, este cuidado ha recaído, de forma silenciosa y poco reconocida, principalmente en las mujeres dentro del ámbito familiar. Si esa red desaparece, surge una incógnita compleja: ¿podrá asumirlo el Estado? ¿En qué condiciones y a qué coste? ¿Es sostenible en un contexto de elevada deuda pública?
La respuesta no es sencilla y exigirá la implicación de todos los actores. Las familias, aunque más reducidas; las administraciones públicas, mediante la asignación de recursos; y también las empresas, que deberán dar un paso adelante facilitando la conciliación. Ya no se tratará solo de cuidar a hijos, sino también de atender a padres y madres.
Es, en definitiva, ley de vida… pero también un reto colectivo que ya está aquí.