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Francisco Román (Lyntia): «La tecnología fascina, pero es el liderazgo lo que crea valor»

Marcelino Abad

Editor jefe de Capital Humano

Capital Humano, Nº 422, Sección Crecimiento profesional / Entrevista, Septiembre 2026

Durante cuatro décadas, Francisco Román ha ocupado algunos de los despachos más influyentes del sector tecnológico español. Ha dirigido Microsoft Ibérica, presidido Vodafone España y hoy está al frente de Lyntia Networks. Ha visto todas las revoluciones digitales, pero asegura que ninguna ha alterado lo esencial: las personas. En una conversación que va de la inteligencia artificial (IA) a Emerson, de la educación al liderazgo, defiende que el verdadero desafío ya no es incorporar la tecnología, sino formar equipos capaces de aprender, adaptarse y generar confianza.

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Hay una idea que Francisco Román repite de distintas maneras a lo largo de la entrevista. La tecnología cambia, las herramientas evolucionan, los mercados se transforman a una velocidad inédita, pero las personas permanecen. Me reúno con él por videoconferencia. La conversación comienza con la naturalidad de quien lleva años concediendo entrevistas, aunque sin perder la cortesía. Desde el primer momento, el que fuera presidente de Vodafone España imprime a toda la charla un tono cercano, pausado y extraordinariamente educado. Escucha con atención, deja terminar cada pregunta y responde sin prisas, con la serenidad de quien ha pasado cuatro décadas tomando decisiones al frente de algunas de las mayores compañías tecnológicas del país. Desde 2023 es presidente del operador de fibra neutra Lyntia Networks.

Román salta de Emerson a Pessoa, de la ingeniería a la poesía, de la inteligencia artificial (IA) a la educación. Y, aunque evita las afirmaciones rotundas sobre un futuro que nadie puede anticipar, sí tiene claras algunas convicciones: «Los elementos básicos del talento siguen siendo los mismos: los valores, la integridad, la capacidad de trabajar en equipo, la actitud…Lo que ha cambiado es el vector tecnológico y la velocidad de cambio».

Para Román, ese ritmo vertiginoso obliga a desarrollar una competencia que hoy tiene más valor que nunca: la capacidad de adaptación. «Vivimos en un proceso permanente de aprender, desaprender y volver a aprender. Esa capacidad de adaptación ha multiplicado su valor porque el mundo cambia mucho más deprisa que antes».

El conocimiento ya no basta

La IA ha acelerado una transformación tecnológica que ya estaba en marcha. Sin embargo, este ingeniero superior de Telecomunicaciones rechaza la idea de que el conocimiento técnico, por sí solo, vaya a garantizar el futuro profesional de nadie. Defiende que lo verdaderamente diferencial es «el pensamiento crítico».

En este sentido, recupera una vieja idea del mundo anglosajón que resume su visión del aprendizaje. «La educación es lo que te queda cuando has olvidado todo lo que aprendiste». Por eso, cree que las universidades deben preocuparse menos por el hecho de que los alumnos acumulen conocimientos y más por enseñar a pensar, a resolver problemas y a convivir con la incertidumbre.

¿Qué ocurrirá con el empleo? Es una de las preguntas más repetidas desde la irrupción de la IA. El chairman de Lyntia rehúye las respuestas categóricas. «Nadie es capaz de contestar» con rotundidad. Su referencia vuelve a ser la historia. «La humanidad siempre ha sido capaz de integrar las oleadas tecnológicas de cambio integrando más empleo y bienestar». Como ejemplo, recuerda un dato que leyó hace unos días: «El 60% de los empleos que había en 2014 o 2015 no existían en 1940».

Aunque cree que la IA va a generar nuevos empleos relacionados con la gobernanza o la revisión, advierte de que la transición laboral no será indolora. «Habrá vaivenes muy importantes y habrá mucha gente que sufra».

El liderazgo de Emerson

Aunque el debate público gira alrededor de la IA, Román cree que el mayor desafío de muchas organizaciones está en otro lugar. La tecnología «fascina, deslumbra y ofusca, crea capacidades, pero es la organización la que crea valor y consigue resultados». En este contexto, el liderazgo adquiere otra dimensión. «Un líder es alguien capaz de construir un equipo cohesionado alrededor de un proyecto común. Y eso solo puede hacerse sobre la base de los valores».

Para Román, se trata de «la persona que ha de hacerse cargo de la situación emocional de un colectivo. Si es mala, tiene que ser buena, y si es buena, tiene que ser mejor». En la actualidad, hay «muchísimo» talento tecnológico, «lo más difícil es encontrar líderes que lo puedan gestionar», que puedan generar «un clima de confianza», sostiene.

Asegura que su estilo de liderazgo descansa sobre la famosa frase de Emerson, que decía que «todo hombre que conozco es superior a mí en algún sentido. En ese sentido, aprendo de él». Esa es «la única actitud básica que te legitima para poder dirigir un colectivo de personas».

«Yo he intentado siempre sentirme parte del equipo, disfrutar con la sensación de que entre todos somos capaces de conseguir resultados que llaman la atención porque antes los habíamos calificado de extraordinarios, y en la sensación de respeto, en el sentido noble de la palabra, es decir, que tú me escuchas y yo te escucho. Espero que haya sido percibido así. Si alguien dice que no, dímelo. Ya me queda poco para cambiar, pero lo intentaré», dice con una sonrisa.

Para él, «la vanidad» es el peor enemigo de un directivo. «Es obvio que tienes que tener confianza en ti mismo y un cierto ego, pero ese ego que se rodea de vanidad no te lo lleves al trabajo nunca».

Román habla con conocimiento de causa. Comenzó su carrera profesional en Sainco y quince años después fue nombrado consejero delegado de Microsoft Ibérica, en 1998. Después de tantos años dirigiendo grandes compañías, no recuerda los reveses empresariales como los momentos más difíciles. «Lo peor siempre tiene que ver con las personas», asegura. Habla de fallecimientos cercanos y también de procesos de reestructuración. «Es ahí donde más he perdido el sueño». Y cita entonces a Fernando Pessoa: «Para ser grande, sé entero. Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres».

¿Existe la meritocracia?

En un momento en el que las generaciones jóvenes cuestionan cada vez más la meritocracia y el ascensor social, Román rechaza el fatalismo, aunque entiende el malestar. «La vida nunca ha sido completamente meritocrática. Siempre influyen el origen, la suerte o las circunstancias». Sin embargo, considera peligroso abandonar la idea de que el esfuerzo importa. «Lo que no puedes hacer es renunciar a tus posibilidades de desarrollo porque pienses que todo está decidido».

En este sentido, recuerda una frase atribuida a Napoleón, que preguntaba si un candidato tenía suerte antes de confiarle una responsabilidad. «La suerte también se trabaja», defiende, en el sentido de que tiene mucho que ver con estar preparado para reconocer una oportunidad cuando aparece.

Padre y abuelo, le resulta muy difícil aconsejar a los jóvenes qué estudiar cuando el mercado laboral cambia tan deprisa. Aunque no les recomendaría una profesión concreta, sí que estudien porque ese proceso de formación les preparará para enfrentarse a lo desconocido.

La misión de Recursos Humanos

En plena revolución tecnológica, Román cree que las áreas de Recursos Humanos atraviesan uno de los momentos más decisivos de su historia porque, recuerda, «las personas son el elemento fundamental de la creación de valor». Por eso, sostiene que la dirección de Personas debe convertirse en «el cómplice del CEO», acompañándolo no tanto en la gestión de procesos como en la transformación de la organización.

Su prioridad, dice, debería ser mirar más allá del presente. «No trabajar pensando únicamente en el hoy, sino diseñando el futuro». Ese futuro pasa, a su juicio, por convertir las empresas en «comunidades de aprendizaje colectivo», capaces de adaptarse a un entorno en permanente cambio. Pero ese aprendizaje solo prospera cuando existe un ingrediente imprescindible: la confianza. «Si tienes el privilegio de dirigir un equipo, tienes que estar convencido, mirando a los ojos a la otra persona, de que ni tú eres más que ella ni ella es menos que tú», resume.

Quizá por eso, después de una conversación que transita entre la IA, la formación y el liderazgo, Francisco Román termina regresando al mismo lugar: las personas. Porque la tecnología seguirá ampliando nuestras capacidades, pero serán el criterio, la confianza y la calidad del liderazgo los que determinen el valor que seamos capaces de crear con ella.

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