
Dice Pilar LLácer que, «ante los desafíos de los tiempos presentes, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) y las nuevas generaciones, hacen falta dos rasgos esenciales de la actitud filosófica: el pensamiento crítico y la curiosidad». Esta doctora en Filosofía, especialista en ética de los negocios, acaba de publicar con la editorial Almuzara Por qué deberías tener a un filósofo en tu empresa. Cartas de Sofía a un director general. «Quién me iba a decir a mí que la Filosofía y la ética estarían más que nunca de moda en un mundo tan tecnológico», confiesa. El libro invita a cuestionar la mirada ejecutiva tradicional, dando relevancia a la amistad, la humildad o la creatividad para hacer frente a los cambios derivados de la rápida evolución tecnológica y en las expectativas y prioridades de las personas trabajadoras, especialmente de las nuevas generaciones.
Pregunta (P).- Ha comenzado este año fichando por Both. ¿Cómo están siendo los primeros meses en la firma?
Respuesta (R).- Para una persona como yo, con tantos cambios profesionales en empresas y sectores diferentes, encontrar un proyecto que ayude a generar engagement y propósito compartido me hace tremendamente feliz. Las personas de las organizaciones son claves para que se produzca esa buena vida laboral y en Both lo que encontrado.
P.- Sin hacer spoiler de su libro, ¿por qué las empresas deberían tener un filósofo en plantilla?
R.- Ante los desafíos de los tiempos presentes, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) y las nuevas generaciones, a las que he llamado jóvenes con efecto Copérnico, hacen falta dos rasgos esenciales de la actitud filosófica: el pensamiento crítico y la curiosidad. Esta disciplina aporta la mirada diferente y reflexiva frente a nuevos problemas ante los que nunca nos habíamos enfrentado.
P.- Define a los «jóvenes con efecto Copérnico» como aquellos que desafían las normas y liderazgos tradicionales. Los profesionales de cohortes anteriores a veces los denominan «generación de cristal». ¿Usted cree que son tan susceptibles como se dice de ellos?
R.-No lo creo. Son más resistentes de lo que parecen, y más fuertes y valientes. Solo hay que confiar en ellos y entender, en lugar de criticar, lo que demandan. Son valientes, se atreven a decir lo que no les parece justo. Frente a mi generación de los resignados, han sido un gran salto. Confío en que esta generación no solo contagie sus hábitos de forma de ser y estar en las empresas, sino sobre todo impulse la evolución cultural necesaria para crear empresas con un propósito compartido inspirador para todos los agentes de interés.
P.- ¿Hay algo de Pilar LLácer en Sofía, la protagonista de su libro que estudió Filosofía sin saber muy bien por qué, o es un personaje totalmente ficticio?
R.- Sofía o la señorita Poppins es el personaje central de mis cuatro libros, y todas las historias que les suceden a los personajes están basadas en hechos reales. Muchas de las personas que los leen se sienten identificadas porque el mundo de las empresas sigue siendo muy caverna empresarial.
P.- «Yo no he venido aquí a hacer amigos» es una frase que se sigue escuchando en las organizaciones. Sin embargo, usted rompe con ella y relaciona la amistad con la idea de alcanzar «la buena vida laboral». ¿Puede ahondar en esta relación y en cómo influye en la productividad?
R.- Los jóvenes con efecto Copérnico están demandando un nuevo pacto emocional y compromiso por parte de las empresas. Sus motivaciones no están ligadas a un espacio físico de trabajo ni a una temporalidad. Por ese motivo, es esencial recuperar la amistad como rasgo de la actitud filosófica, y evolucionar el pensamiento ejecutivo, jerárquico y distante. En el trabajo pasamos un tercio de nuestras vidas, por ese motivo, generar vínculos en el medio y largo plazo es esencial

P.- En un momento marcado por los likes de las redes sociales, el teletrabajo o la inteligencia artificial (IA), ¿le preocupa que la camaradería en el trabajo pueda entrar en crisis?
R.- Vuelvo a los jóvenes con efecto Copérnico. Su concepto de camaradería no es el mismo que tienen muchos jefes que dirigen las organizaciones y este hecho provoca un conflicto intergeneracional. Soy profesor investigador y una de mis pasiones es la docencia. En la que fue mi escuela de negocios, tuve la suerte de intentar transmitir lo que ha sido mi experiencia en Recursos Humanos. Enganchar en una clase de dos horas a los alumnos casi es tan complicado como que continúen viendo una serie después de dos minutos. Al hacerlo con pasión y conocimiento, muchas veces tenía que decir: «Señoras, señores, se ha acabado la clase»
P.- Pero, precisamente por las redes, ¿puede estar cambiando la noción de amistad, en el sentido de que le exijamos más a los compañeros para que se conviertan en colegas o lleguen a ser amigos?
R.- Para mí, las redes sociales no son insustanciales, sino todo lo contrario. Me han permitido desde hace años no solo compartir todos mis logros y fracasos, sino además construir una sólida marca personal. Que importante fomentar este hábito para mucho senior descreído que luego sale de golpe de las empresas, y es un drama. Tenemos que entender que la forma de socializar, relacionarse y casi ser de muchas generaciones ya es más del mundo virtual que del presencial. Para eso justo sirve la filosofía: en lugar de criticar sin más, analizar desde la humildad cómo ha cambiado el mundo que conocíamos
P.- En el libro también habla de la práctica de la humildad, lo que no siempre casa bien con LinkedIn. ¿Cómo debería ser la comunicación de los profesionales en esta red?
R.- Justo lo que valora esta red no es contar los éxitos, sino sobre todo los fracasos, y hacerlo con coherencia. Ser Top Linkedin Voice me ha permitido ser un altavoz desde la honestidad de todo lo que me sucede tanto personal como profesionalmente, pues nunca entendí esa barrera. Mi último despido de una gran multinacional en la que conté sin resquemor qué había pasado fue uno de los más comentados. La credibilidad en redes tiene más valor que en el mundo real y físico.
P.- ¿Cómo se imagina el mercado laboral en 2030, cuando está generación comience a desplazar a la del baby boom y la IA esté a pleno rendimiento?
R.- Nunca fui de predicciones, ni de mirar a un pesado legado que nos arrastra a un mundo que ya cambió. La filosofía nos enseña a un mirar desde fuera y de raíz tan necesario. Quién me iba a decir a mí que la filosofía y la ética estarían más que nunca de moda en un mundo tan tecnológico. Hace tan solo cinco años, el futuro del trabajo era para el territorio big data y el mundo data science. Hoy cualquier algoritmo sabe programa con más eficiencia, rapidez y sin errores que el más listo de los seres humanos. Lo que nunca se agota ni tiene rivalidad frente a lo artificial es la pasión. Trabajar en lo que a una persona le gusta, nunca agota la energía y, aunque no respondamos con tanta rapidez como los algoritmos, somo capaces del pensamiento lateral, esa capacidad de unir dos cosas que no tienen aparentemente relación. El mundo del arte y los grandes descubrimientos son un ejemplo.
P.- Creo que realizó su tesis doctoral sobre la situación de la ética en las empresas del Ibex 35. En general, ¿cuál es su diagnóstico sobre la «buena vida laboral» y la sostenibilidad empresarial?
R.- Muchos de los grandes desafíos que tienen los directivos en las empresas es que el comportamiento y los hábitos de compra y consumo de las nuevas generaciones, tanto clientes como empleados, han cambiado de forma copernicana. El nuevo pacto emocional, el engagement y su compromiso están relacionados con alcanzar ese equilibrio entre la vida personal y la profesional. Solo las empresas que entiendan que no te puedes bañar en el mismo río es una realidad, tendrán un éxito sostenible