
Sara Velasco
Chief Legal Officer de Valia Legal

La inteligencia artificial (IA) no va a sustituir al Derecho, pero sí a los abogados que no sepan entenderla. La IA no viene a quitarnos el trabajo; viene a ponernos un espejo. Y lo que ese espejo refleja es incómodo: gran parte de lo que hacemos los abogados —revisar, redactar, comparar, buscar, ordenar— no es, en realidad, abogacía. Es repetición con toga. Y eso, la máquina lo hace mejor, más rápido y más barato.
Durante años hemos vendido el valor del criterio jurídico. Pero la IA ya empieza a razonar con lógica jurídica, redacta cláusulas, resume sentencias y propone argumentos. No entiende el Derecho, pero lo simula con una solvencia que obliga a repensar qué aporta de verdad un profesional del Derecho en la era de los modelos generativos.
El desafío no es tecnológico, es ontológico. ¿Qué es ser abogado cuando la ley puede interpretarse, sintetizarse y aplicarse mediante algoritmos? ¿Quién responde cuando una decisión automatizada deriva de una recomendación jurídica generada por IA? Y, más aún, ¿cómo se gobierna un despacho o un sistema judicial que empieza a delegar parte de su razonamiento en una máquina?
El Derecho siempre ha ido por detrás de la técnica, pero esta vez la distancia se mide en horas. Mientras discutimos si ChatGPT puede redactar una demanda, la Comisión Europea ya ha aprobado el AI Act, el reglamento que obligará a clasificar los sistemas de IA por riesgo a auditar sus datos y a exigir responsabilidad ante sesgos o errores. Lo irónico es que la propia profesión jurídica aún no se ha auditado a sí misma frente a este cambio.
Del conocimiento al criterio
En algunos despachos internacionales ya se utilizan algoritmos para analizar due diligence o predecir resultados judiciales. En otros, asistentes de IA elaboran borradores de informes y contratos que luego revisa el abogado humano. Nada de esto sustituye el juicio profesional; lo amplifica. Pero también lo desnuda: deja a la vista qué parte del trabajo era conocimiento y qué parte era rutina.
El abogado del futuro no será el que más sepa de leyes, sino el que mejor sepa dialogar con una IA; el que entienda cómo se entrena, cómo se supervisa y cómo se responsabiliza un modelo; el que sepa traducir el lenguaje técnico en decisiones éticas y el código en cumplimiento normativo.
La abogacía que viene será híbrida: abogados trabajando con máquinas, no contra ellas. La IA no sustituirá el juicio humano, pero amplificará su alcance. Los despachos que aprendan a combinar el criterio del abogado con la capacidad analítica del algoritmo resolverán en minutos lo que antes llevaba días. La diferencia no estará entre humanos y máquinas, sino entre quienes sepan trabajar juntos y quienes no.

El abogado del futuro: garante de humanidad y mediador tecnológico
No se trata de competir con la máquina, sino de curarla: vigilar su sesgo, calibrar su uso, garantizar que respete los principios de proporcionalidad, transparencia y trazabilidad. Es decir, hacer de abogado... pero para una inteligencia artificial.
Los despachos y departamentos legales están empezando a crear sus propios comités de ética algorítmica, responsables de compliance IA e, incluso, cláusulas contractuales específicas para la supervisión de sistemas inteligentes. Sin embargo, muchos aún abordan esto como si fuera una moda tecnológica más, en lugar de un cambio estructural de la práctica jurídica.
El cliente no pedirá solo «una opinión legal», pedirá que esa opinión haya sido validada frente a riesgos de IA. Y quien no sepa ofrecer esa garantía quedará fuera del mercado, igual que hoy lo estaría quien no entendiera el RGPD o la ciberseguridad.
La buena noticia es que el Derecho nunca ha sido tan necesario. Cuanta más inteligencia ponemos en las máquinas, más responsabilidad necesitamos en las personas. Y ahí el abogado vuelve al centro, no como técnico de la ley, sino como garante de humanidad.

En este contexto, el nuevo oficio será también un oficio de mediación. Entre el ingeniero que programa y el ciudadano que confía, entre el modelo que predice y el juez que decide. La abogacía deberá aprender a leer código tanto como jurisprudencia, a participar en los procesos de gobernanza algorítmica y a exigir transparencia en los sistemas que asesoran o sustituyen decisiones humanas. Solo así podrán seguir cumpliendo su función esencial: asegurar que la tecnología sirva al Derecho y no al revés.
Y aun así, conviene no olvidar que toda tecnología es efímera. Puede que dentro de veinte años ya no hablemos de IA porque se haya disuelto en lo cotidiano o porque una nueva revolución la haya sustituido. Lo que permanecerá será la necesidad de juicio, ética y responsabilidad. La máquina puede cambiar, pero el Derecho seguirá siendo la gramática de lo humano.
Y el abogado del mañana, más que jurista, será el arquitecto de esa inteligencia.